lunes, 7 de abril de 2008

Etica y Felicidad

Etica y Felicidad

¿Qué es lo bueno?

La ética es la reflexión sobre la moral, es decir, la reflexión sobre lo que consideramos bueno y sobre lo que consideramos malo. Todos seguimos ciertas normas morales que reconocemos, aunque no formen parte de un código escrito. Todos atribuimos valor moral a ciertas acciones, propias o ajenas. Nos sentimos mal por haber mentido o nos sentimos orgullosos por haber ayudado a un amigo en una situación difícil. Criticamos a los políticos que intentan engañarnos o felicitamos a algún compañero que, con esfuerzo, logró aprobar un examen. Todos tenemos una concepción ética, aunque seamos poco conscientes de ella. En nuestras decisiones, en nuestras opiniones sobre lo que nos parece bien y lo que nos parece mal se deja ver una posición ética particular. Para algunos, por ejemplo, el éxito económico es un fin sumamente importante y así creen que son permisibles todas las acciones que conduzcan a ese éxito. Para otros, renunciar a los propios deseos para ayudar a quienes lo necesitan es la conducta más loable.
¿Qué es lo bueno? ¿Podemos definirlo? ¿Se pueden establecer criterios para distinguir entre una acción buena y una acción mala?
Quienes han reflexionado sobre estos problemas han ofrecido respuestas diversas. La mayoría de los filósofos que se han ocupado de problemas éticos han intentado dar respuestas universalmente válidas y atemporales. Algunas de las preguntas que distintos pensadores intentaron e intentan responder son: ¿Se debe tener en cuenta la situación concreta de la persona que realiza un acto para determinar que éste es bueno o malo? ¿Se puede afirmar que una acción es buena siempre, en cualquier situación y en cualquier época o lugar? ¿Se debe establecer la bondad de un acto midiendo sus consecuencias o un acto es bueno independientemente de los efectos que produzca? ¿Es la intención del que actúa la que determina la bondad de su acción o es el resultado de dicha acción lo que determina su valor moral? ¿Actuar bien implica sacrificar los propios intereses? ¿Todo acto bueno es altruista? ¿Querer lo mejor para sí mismo es malo? ¿No se puede querer lo mejor para sí mismo y, a la vez, querer lo mejor para los demás?
A continuación, veremos algunas de las teorías éticas más importantes de los filósofos que indagaron estas cuestiones.


Aristóteles: lo bueno es la felicidad

Aristóteles fue un filósofo griego que vivió entre los años 384 y 322 antes de Cristo. Fue el primero en escribir un tratado de ética. Su obra, titulada Ética a Nicómaco, ha sido motivo de estudios y controversias que llegan aún hasta nuestros días.
Para Aristóteles, todos los actos humanos tienen un fin. Siempre que hacemos algo lo hacemos para llegar a una meta o un objetivo. Y esa meta u objetivo es el que le da sentido a nuestro accionar. Por ejemplo, un alumno va a la escuela para aprender y aprende para poder entrar en la universidad y quiere entrar en una universidad para recibirse y quiere recibirse para conseguir un buen empleo y quiere tener un buen empleo para ganar un buen sueldo y quiere ganar un buen sueldo para poder comprar una casa confortable, y así sucesivamente. Según Aristóteles, nuestra vida se va conformando como una cadena de fines. Actuamos para conseguir un fin que nos proponemos, pero ese fin es a la vez un medio para otro fin. Si el acto no tuviera ningún fin, aunque sólo fuera el de sentir placer realizándolo, carecería de sentido. Pero, entonces, tiene que existir un fin último, un fin que no sea, a su vez, medio para llegar a otra cosa. Es necesario, afirma este filósofo, que exista un fin que se quiera por sí mismo, que tenga un valor intrínseco. Es necesario que exista, pues, si no existiese, la cadena de fines que es nuestra propia vida quedaría vaciada de sentido. ¿Para qué hacemos todo lo que hacemos? Si esa pregunta no tuviera respuesta, nuestra actividad sería inútil, absurda.

Pero ese fin último existe. Ese fin último, ese fin que no se desea por ninguna otra cosa sino que se desea en sí mismo, es, según Aristóteles, la felicidad. Todos los seres humanos desean ser felices. Y nadie desea ser feliz para llegar a otra cosa. La felicidad es el fin supremo pues no es, a su vez, un medio. ¿Para qué queremos ser felices? Para ser felices. No hay otra respuesta. Todo lo que hacemos lo hacemos teniendo como objetivo último el ser felices. La felicidad nos satisface plenamente.

Pero, si bien podemos estar de acuerdo con que el bien que todos buscamos es la felicidad, seguramente tenemos diferentes conceptos de lo que ésta es. Para Aristóteles, los seres humanos tienen que ejercitar la función que les es propia y que los distingue de los demás animales. Esa función es la razón. La felicidad sólo es posible para aquel que vive guiándose por la razón, para aquel que no se deja llevar por las pasiones, para aquel que es capaz de controlar sus deseos y temores. La razón debe guiar nuestras vidas. Sólo guiándonos por lo que la razón nos manda y dominando nuestras pasiones podremos vivir una vida feliz.
El hombre bueno es el hombre prudente, es el que busca el "término medio" entre los extremos. En las acciones y en las pasiones puede haber exceso, defecto o término medio. Por ejemplo, con respecto al valor, la temeridad es un exceso, la cobardía, un defecto y la valentía, el justo medio. Cometemos excesos cuando nos dejamos llevar por las pasiones y actuamos defectuosamente cuando nos dejamos llevar por nuestros temores. En realidad, nadie puede ser elogiado o censurado por sentir tal o cual pasión o por sentir tal o cual temor. Lo elogiable y censurable es la forma en que nos comportamos frente a esas pasiones y temores. Por ejemplo, con respecto a la ira, nos comportamos mal tanto si nos dejamos llevar por ella (exceso) como si la ahogamos y hacemos de cuenta que nada nos pasa (defecto), y actuamos bien si la controlamos y adoptamos una actitud mesurada .

El término medio no puede ser siempre el mismo sino que depende de las circunstancias y de la persona de la que se trate. El término medio es relativo. Por ejemplo, la valentía en una guerra no es igual a la valentía para enfrentar un examen en la universidad. La virtud es, entonces, el hábito de elegir el término medio entre los extremos, o sea, entre el defecto y el exceso. Pero nadie nace con esa capacidad de elegir el término medio. Esta capacidad se aprende mediante la educación y la práctica reiterada de buenas acciones. Adquirir esta capacidad nos hace dignos de ser felices.
Sin embargo, la felicidad sólo puede alcanzarse si se dan ciertas condiciones indispensables: corporales, anímicas, materiales. Así, ni quien carece de los medios indispensables para sobrevivir ni quien está enfermo pueden ser enteramente felices. Tampoco se podría llegar a la felicidad en soledad. La felicidad debe obtenerse dentro de la sociedad en la que el hombre vive, en solidaridad con los demás.
Stuart Mill: lo bueno es lo útil

John Stuart Mill, filósofo inglés del siglo XIX, elaboró la teoría ética conocida como "utilitarismo". Para el utilitarismo lo bueno es lo útil y lo útil es lo placentero o lo que nos Ileva hacia el placer. Como Aristóteles, Mill consideró que todas las personas buscan ser felices. y relacionó la felicidad con el placer. Las acciones son buenas si tienden a promover la felicidad y son malas si producen lo contrario de la felicidad, es decir, el dolor. La felicidad es el placer y la ausencia del dolor; la infelicidad es el dolor y la ausencia del placer.
Todo lo que desamos lo deseamos porque es placentero o porque es un medio para eliminar el dolor y producir placer. Pero no todo placer es deseable. Hay placeres fugaces que terminan produciéndonos dolor, por ejemplo, un placer que perjudica la salud. La salud es un placer duradero y es preferible a placeres momentáneos e intensos que nos la quitan.
Para Stuart Mill, los placeres se pueden diferenciar según su calidad: hay placeres bajos y placeres elevados. Los placeres bajos son, en general, los placeres corporales. Los placeres elevados están referidos a nuestras capacidades creativas e intelectuales. Los placeres suscitados por el estudio, la lectura, el ejercicio del pensamiento, la investigación, la creación o la contemplación de una obra de arte son placeres duraderos y estables que producen una satisfacción más plena que la producida por los placeres fugaces e inestables.
Frente a los que opinan que la felicidad es inalcanzable, Mill responde que es alcanzable siempre que no se la considere como una vida en continuo éxtasis, sino como una vida con momentos de exaltación, con pocos y transitorios dolores y muchos y variados placeres. Además, la utilidad como principio no sólo incluye la búsqueda de la felicidad, sino también la prevención o mitigación de la desgracia.
Desde este punto de vista, la medicina es buena en sentido moral pues ayuda a prevenir el dolor o a mitigarlo. La posición de Stuart Mill da lugar a la defensa de la lucha contra calamidades que son fuentes de sufrimiento físico y mental, como la pobreza, la enfermedad o la malignidad.
Hasta aquí parece que el utilitarismo propone que cada uno busque su felicidad sin importarle lo que suceda con los demás. Sin embargo, el principio utilitarista propone que toda persona se ocupe al mismo tiempo, tanto de la promoción de su felicidad particular como del incremento del bienestar general de todos los seres humanos, contribuyendo así a la producción de la mayor felicidad total. Según la teoría utilitarista, debemos actuar procurando lograr la mayor felicidad posible para la mayor cantidad de gente posible. Por eso, Mill pone énfasis en la necesidad de que la política y la educación nivelen las desigualdades y generen en cada individuo un sentimiento de unidad con todo el resto, es decir, que no se piense en el beneficio personal sin incluir a los otros en ese beneficio. En otras palabras, que se subordine la felicidad individual a la felicidad general, pues la felicidad general garantiza la individual.
Por eso, el utilitarista no descarta el sacrificio de la felicidad personal en pos de una felicidad más amplia. El sacrificio es noble si tiene como fin promover la felicidad de los demás, pero no tiene sentido el sacrificio que no tenga en cuenta este fin. El sacrificio no vale por sí mismo, no es un fin en sí mismo. El mártir o el héroe se sacrifican en aras de algo que aprecian más que su felicidad personal; ese algo es la felicidad de los demás. No se sacrificarían si creyeran que ese renunciamiento produciría en el prójimo una suerte igual a la suya. Merecen honores quienes renuncian a la felicidad personal para aumentar la felicidad del mundo pero no merecen honores quienes se retiran del mundo para vivir una vida sacrificada (como los ascetas) pues ese sacrificio no tiene ningún sentido. Un sacrificio que no aumenta ni tiende a aumentar la suma total de la felicidad es un desperdicio.
¿ Qué se debe tener en cuenta para determinar si un acto es bueno o malo? Para la postura utilitarista, fundamentalmente se deben medir las consecuencias concretas de ese acto. No interesan los motivos del acto sino sus resultados. Si alguien salva a una persona que se ahoga, ese acto es bueno, aun si la persona que lo realizó lo hizo para cobrar una recompensa. Por esta razón, hay actos que habitualmente podrían considerarse como malos pero que, en determinadas situaciones pueden ser buenos. Por ejemplo, mentir suele ser un acto malo pero la mentira piadosa puede ser buena. Si se miente para conseguir algún fin útil para nosotros o para los demás, por ejemplo, si se miente para salvar la propia vida o para salvar de una desgracia a otros o para no dar noticias malas a una persona gravemente enferma, ese acto puede ser considerado bueno. Por supuesto, el cultivo de la veracidad es lo que más puede servirnos a nosotros y a la comunidad. Pero esta regla, como cualquier otra, admite excepciones. Lo que es justo en casos ordinarios, no es justo en un caso particular. En determinadas circunstancias, la mentira puede producir más beneficios que daños. En ese caso, la mentira no sería condenable sino recomendable.
¿ Cómo sabemos cómo actuar en cada situación particular? Es cierto que cada situación es única pero también es cierto que existen situaciones similares que nosotros hemos vivido o que han vivido otros antes que nosotros. Las experiencias de nuestros antepasados nos han ido mostrando las posibles consecuencias de las acciones. Conocemos los efectos que tienen los actos humanos porque hemos podido ver esos efectos en acciones realizadas por otros. Por eso, no es preciso en cada situación particular calcular los efectos de nuestra acción. Ya sabemos, aproximadamente, cómo debemos actuar.
¿Siempre los actos se miden por sus consecuencias? ¿No existen actos que valgan por sí mismos? ¿Siempre todo lo que hacemos lo hacemos en pos de un fin superior, como la felicidad? Aquí puede haber una confusión. La felicidad tiene partes o ingredientes: cada parte es deseable por sí misma. La salud, por ejemplo, es una parte de la felicidad. La salud es un fin en sí mismo, no es medio para otro fin. El placer de escuchar música o de conversar con un amigo son partes de la felicidad. Son actos deseables por sí mismos pues nos hacen felices; no son medios para alcanzar la felicidad. También ser una buena persona es parte de la felicidad. No buscamos ser buenos para lograr otra cosa; la bondad de nuestra conducta nos proporciona placer. Nos sentimos bien ayudando a otros yeso vale por sí mismo. Actuar mal, por el contrario, nos genera dolor o insatisfacción. Sentimos culpa o la reprobación de quienes nos rodean. Por eso, actuar mal no nos conduce a la felicidad.

Kant: lo bueno es lo que se hace por deber

Opuesta a la ética de fines, hallamos la teoría ética del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804). Para Kant, los seres humanos somos, a la vez, seres naturales y racionales. Por ser naturales nos regimos por leyes de la naturaleza: debemos alimentarnos, dormir, beber agua, crecemos, envejecemos y morimos. Pero, por ser racionales nos regimos por la ley moral. La ley moral está en nuestra razón y es la misma para todos los seres humanos. Esta leyes válida para todas las personas en todas las épocas y en cualquier situación. ¿Qué dice la ley moral? Dice que, cuando nos proponemos hacer algo, debemos asegurarnos de que desearíamos que todos los demás hicieran lo mismo si se encontrasen en la misma situación. Es decir, lo que creo que vale para mí, debe valer también para todos los demás.
Cuando actuamos bien, no tenemos dificultad en concebir que lo que nos proponemos hacer valga como ley universal. Si me propongo salvar a alguien que se encuentra en peligro, puedo querer que todos hagan lo mismo si se encuentran en la misma situación. Así, compruebo que intentar salvar a los demás cuando se encuentran en peligro es un deber moral. En cambio, si me propongo mentir, no puedo querer que todos mientan, porque si todos mintieran, nadie creería en la palabra de los demás, con lo cual la palabra misma dejaría de tener sentido. Por eso, cuando actuamos mal, no queremos que lo que nos proponemos hacer se convierta en ley universal; cuando actuamos mal pretendemos ser la excepción. El mentiroso quiere mentir pero no quiere que le mientan, se considera a sí mismo una excepción, se cree autorizado a mentir, pero niega tal autorización a los demás.
Kant se opone a toda ética que valore

los actos por sus fines. Lo que importa no es el fin de los actos ni los resultados concretos; 10 único que importa es el querer, es decir, la intención del acto. Y la única intención que hace que un acto sea bueno es la intención de cumplir el deber. Sólo es buena la conducta que se realiza por deber: no importa la utilidad de esa conducta, sólo importa que el acto haya sido realizado con buenas intenciones. La razón no nos manda realizar ciertos actos para ser felices. La felicidad no es el fin de los actos morales. La razón nos manda ser buenos, más allá de que esa bondad produzca placer o felicidad.
Los actos buenos son los que se realizan por deber, por conciencia del deber. Actúa bien quien 10 hace por obligación moral, sin tener en cuenta si esa acción le conviene o 10 perjudica. Por ejemplo, una persona que en un juicio dice la verdad, aunque ha sido amenazada de muerte, dice la verdad porque sabe que ése es su deber aunque corra riesgo su vida.
En cambio, si una persona actúa correctamente pero lo hace por conveniencia o interés, ese acto no puede ser considerado bueno. Por ejemplo, una persona que ofrece información a un juez para cobrar una recompensa. No actúa porque sienta el deber de decir la verdad sino por interés en la recompensa. Su acción no es mala, pues dice la verdad, pero tampoco es buena, pues no actúa por conciencia del deber.
Así, Kant distingue entre legalidad y moralidad. Un acto es legal cuando coincide con el deber. Pero puede no ser moral si se realiza por interés, por conveniencia, por miedo y no por conciencia del deber. Por eso, una persona correcta puede no ser una buena persona. Puede actuar correctamente porque tiene miedo de hacer algo que sea visto como malo por los demás, porque tiene miedo al "qué dirán". La persona moralmente buena hace el bien por deber, no por interés.

Kant señala que la ley moral que hay en nosotros nos dice: "cuando actúes, trata a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca sólo como un medio". El ser humano es un fin en sí mismo. Los seres humanos son personas porque son fines en sí mismas. En su lugar no puede ponerse ningún otro fin para el que ellos deban servir como medios. Cuando hacemos una promesa falsa, estamos usando al otro como medio para nuestros fines, aprovechándonos de él para lograr nuestros propósitos. Cada uno debe tratarse a sí mismo y a todos los demás como un fin en sí mismo y nunca sólo como medios.

El ser humano se halla por encima de todo precio, no puede ser cambiado por nada equivalente, vale por sí mismo, tiene dignidad. Las personas tienen un valor intrínseco, no relativo. Son, por eso, insustituibles.


Algunas objeciones a las teorías éticas

En general, las teorías estudiadas en este capítulo pueden ser criticadas por no tomar en cuenta las condiciones reales de las personas. Se habla en ellas de libertad, de felicidad, pero se dejan de lado las situaciones concretas en las que las personas viven, situaciones como las que viven los desocupados o los chicos de la calle. Algunos críticos de estas teorías afirman que la ética no puede estar desligada de lo económico. Si el sistema económico impone situaciones injustas, hace también que las relaciones entre las personas sean injustas. Si la riqueza de un país se distribuye de manera injusta, la felicidad de unos pocos se logra a costa del sufrimiento de muchos.
En la Grecia de Aristóteles, la economía estaba basada en la explotación de un gran número de esclavos. La felicidad de la que hablaba Aristóteles era sólo posible para los hombres libres, pues los esclavos no merecían esa felicidad. La felicidad de los hombres libres se sustentaba, entonces, en la infelicidad de una mayoría: la de los esclavos. Además, el mismo Aristóteles se refiere a la importancia de la educación en el desarrollo de las virtudes. La existencia de virtudes requiere una serie de condiciones sociales concretas, no se puede hablar de virtudes en abstracto. El desarrollo de los individuos se ve favorecido o entorpecido por ciertas condiciones sociales. Un analfabeto, por ejemplo, no ha elegido ser analfabeto; es el sistema el que no le ha permitido aprender a leer y escribir. Esa persona, por lo tanto, se ve impedida de desarrollar muchas facetas de su personalidad, se encuentra limitada por las condiciones impuestas por la sociedad.
El utilitarismo toma en cuenta en mayor medida la cuestión social y señala la necesidad de nivelar las desigualdades entre los individuos. Pero el problema sigue siendo el mismo: el bienestar del mayor número, en un sistema económico injusto, no puede ser separado de la infelicidad que hace posible ese bienestar. Por tal razón, se debería pensar en moralizar la economía para que todos tengan efectivamente derecho a ser felices.

En el caso de la teoría kantiana, se puede formular otro tipo de crítica. Para Kant, sólo importa el "querer", no importan los resultados. Sólo importa la intención del acto, no sus consecuencias. Pero, ¿se puede hablar de buenas intenciones sin tener en cuenta sus realizaciones? La persona que actúa, ¿sólo es responsable de sus intenciones o también lo es de los medios empleados y los resultados obtenidos? Las acciones producen efectos en otras personas. Más allá de las intenciones de quien actúa, existen consecuencias que afectan a otros. ¿No debemos tener en cuenta esos efectos al evaluar la bondad o maldad de un acto? ¿No puede suceder que un acto realizado con buena intención produzca efectos malos o que un acto realizado sin tan buena intención produzca resultados buenos?

Egoísmo positivo y egoísmo negativo

La teoría de Kant plantea que las acciones buenas son aquellas que se hacen por deber aunque el cumplimiento de ese deber no nos conduzca a la felicidad. Para Kant, las acciones moralmente buenas son desinteresadas, es decir, no tienen en cuenta los intereses personales de quien actúa. El único interés legítimo, para la ética kantiana, es el interés en ser buenas personas. Por eso se puede decir que, para este autor, todo acto realizado por motivos egoístas carece de valor moral. Sin embargo, el mismo Kant afirma que uno de nuestros deberes morales es el de tratar de superarnos a nosotros mismos, tratar de perfeccionarnos y ser mejores. ¿Podemos querer ser mejores sin amarnos a nosotros mismos? ¿ Todo acto bueno es un acto que se hace sólo pensando en los demás? ¿Cuando hacemos un bien a otras personas, lo hacemos sin pensar en nosotros? ¿Es imposible aceptar que un acto bueno sea también un acto egoísta?
La palabra "egoísmo" tiene connotaciones negativas. Se la usa como sinónimo de desinterés por los demás, como lo contrario de la solidaridad. Por eso, cuando hablamos de actos motivados en intereses egoístas los consideramos actos malos o sin valor moral. Pero si cambiamos la palabra "egoísmo" por la palabra "amor propio", es posible que cambie nuestra interpretación.
En la entrevista al Padre Corbelli puede entreverse su satisfacción por servir a los demás. Él mismo señala que la auténtica felicidad reside en la entrega al prójimo. Puede concluirse, entonces, que el brindarse a los demás no está desligado de la búsqueda de la propia felicidad. El amor propio es el motor de las buenas acciones. En efecto, porque nos amamos a nosotros mismos queremos actuar bien y queremos que los demás reconozcan nuestros logros. Este interés en nosotros mismos no es malo y no le quita valor moral a nuestros actos pues querer lo mejor para nosotros mismos incluye querer lo mejor para los demás. El egoísmo positivo, el amor propio, no es lo contrario de la solidaridad, del sacrificio y del amor al prójimo. En cambio, el egoísmo negativo es el que nos lleva a creer que nuestra felicidad sólo puede obtenerse a costa de los demás, usándolos para lograr nuestros fines.

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